Primero dijeron que venían a terminar con la “mentira del INDEC”. Después, que con Javier Milei se acababan los dibujitos y empezaba la estadística seria. Ahora nos enteramos de que la recesión no se terminó: la tocaron. No en la realidad, donde cierran comercios y se achica la industria, sino en el Excel de un organismo que se suponía blindado de la política.
La película es más simple de lo que la jerga técnica deja ver. El INDEC tenía una serie del EMAE –el estimador mensual de actividad económica– donde se veía claramente lo que cualquier economista llamaría “recesión técnica”: dos trimestres seguidos de caída, medidos en términos desestacionalizados. Segundo trimestre para abajo, tercer trimestre también. Chau, gracias, el gobierno de Milei está en recesión. Fin.
Antes de publicar el dato de septiembre, el organismo que conduce Marco Lavagna hizo algo clave: recalculó retroactivamente medio año de datos. Meses que estaban levemente en rojo pasaron a estar apenas en positivo, otros que mostraban un rebote tibio se convirtieron en una recuperación mucho más simpática. Resultado final: de golpe, cuando se mira el promedio del tercer trimestre contra el segundo, ya no hay caída, sino un prolijo +0,5 %. La recesión desapareció por arte de Excel.
El truco no es inocente. El criterio que mira todo el mundo –mercados, organismos internacionales, medios– para hablar de recesión es muy sencillo: si tenés dos trimestres consecutivos en baja, la economía está en recesión técnica. No hace falta que colapse el país, ni que haya saqueos, ni que estallen los bancos. Basta con que la actividad vaya para abajo seis meses seguidos. Es una definición imperfecta, pero clara. Otra cosa es la discusión académica, más compleja, que incorpora empleo, producción industrial, comercio y un combo de indicadores que tampoco iluminan al gobierno. Eso existe, y está bien contarlo, pero en la política real la vara que importa es la primera: dos trimestres en rojo y ya nadie puede negar que estás en recesión.
Con los números originales, el gobierno estaba en esa situación incómoda. Venía de un segundo trimestre flojo y todo apuntaba a que el tercero iba a repetir caída. Economistas de distintos colores ya hablaban sin vueltas de recesión técnica. Entonces llegó el movimiento de Lavagna: revisión “metodológica” del EMAE, seis meses retocados y un septiembre que, por arte de magia, luce mucho más robusto. Si se dejaban los datos como estaban, hoy el gobierno tendría que admitir una recesión técnica. La magia estadística de Lavagna convierte dos trimestres en rojo en un rebote del 0,5 %.
El propio INDEC lo admite en voz baja: cada vez que entra un dato nuevo, el modelo de desestacionalización recalcula hacia atrás, ajusta pesos, redistribuye volatilidad. Es cierto, pasa en todos los países. Lo que no pasa en todos los países es que esa recalibración sistemáticamente juegue a favor del gobierno de turno justo cuando necesita evitar una palabra maldita. Que el mismo proceso técnico transforme una foto con recesión en otra sin recesión no es un detalle menor: es el corazón del debate. Si la revisión hubiera dejado todo igual, nadie hablaba. Si hubiera empeorado la serie, el oficialismo estaría explicando que “los técnicos son independientes”. Como la mejora le sirve políticamente, el silencio es total, incluyendo a los grandes medios.
En el fondo, lo que se está discutiendo no es solo si el algoritmo de ajuste es mejor o peor, sino si el INDEC volvió a ser una herramienta política. Y ahí aparece el fantasma que Milei y sus economistas usaron durante años como espantapájaros: Guillermo Moreno. El ex secretario de Comercio fue condenado por la Justicia a tres años de prisión en suspenso e inhabilitación para ejercer cargos públicos por manipular los índices del organismo durante el kirchnerismo, con carátulas que hablan de abuso de autoridad y destrucción de registros públicos. Los grandes medios titularon “Condenaron a Guillermo Moreno por manipular datos del Indec” y usaron esa frase como certificado eterno de que el peronismo miente con las estadísticas.
Hoy, los que llegaron prometiendo transparencia están jugando al mismo juego, solo que con camisa planchada y powerpoints prolijos. Nadie habla de bolsos con papeles rotos ni de patotas en los pasillos de Diagonal Sur. Hablamos de correcciones retroactivas, de series que se reescriben, de comunicados donde la palabra recesión desaparece como si fuera una mala palabra. Es otra estética, pero el mismo fondo: manipulación del INDEC, versión libertaria.
Mientras todo eso pasa en la planilla, la economía real no se deja corregir tan fácil. La construcción se desploma con la parálisis de la obra pública, la industria acumula meses de caída, el consumo masivo se achica, los salarios se licúan. Las góndolas cuentan otra historia: el producto estrella del Cyber Monday ya no es el celular, sino el papel higiénico; las familias usan las cuotas para stockear alimentos y limpieza, no para cambiar el televisor. La recesión existe aunque el INDEC la niegue. El nombre técnico podrá discutirse, pero nadie que viva de un sueldo o una changa necesita un comunicado oficial para saber cómo está la cosa.
Encima, el EMAE no es el único frente sospechoso. La medición de pobreza arrastra canastas de consumo viejas que no reflejan el golpe de tarifas, alquileres y servicios. El índice de inflación nacional se despega cada vez más del de la Ciudad de Buenos Aires, que sí está actualizado con una encuesta de gastos reciente. Vuelven a escucharse ideas que creíamos archivadas: un “índice Congreso” paralelo, mediciones alternativas de universidades y consultoras, aquel reflejo defensivo de buscar números por fuera del organismo oficial porque el oficial ya no es unánimemente aceptado.
Todo esto sería solo un chiste cruel si no tuviera consecuencias. La credibilidad estadística es un insumo básico para cualquier economía capitalista que se tome mínimamente en serio: la necesita el FMI para auditar programas, los bonistas para calcular riesgos, los sindicatos para sentarse a negociar paritarias. Si el mercado empieza a sospechar que las series están intervenidas, sube el riesgo país y se encarecen todos los créditos que el gobierno dice querer atraer. El problema de dibujar el INDEC no es solo moral: es brutalmente económico.
La ironía final es que los libertarios se creyeron inmunes a este pecado por el simple hecho de odiar al Estado. Como si declararse “anticasta” fuera vacuna contra la tentación de acomodar el termómetro cuando la fiebre no cede. Hoy vemos que no: que la recesión se combate con trabajo, inversión y salarios, no tocando celdas en un excel. Que el INDEC se puede dibujar con menos estridencias y mejor narrativa, pero el truco es el mismo.
La palabra recesión es incómoda porque obliga a hacerse cargo: a explicar por qué se eligió un programa de ajuste tan brutal que plancha la actividad, destruye empleo y pulveriza el consumo. El gobierno lo sabe y recurre a Lavagna porque prefieren una opción más cómoda: redefinir la realidad para que el problema desaparezca en la estadística. En el corto plazo, tal vez funcione. En la historia económica argentina, quedará como lo que es: otro capítulo de manipulación del INDEC, esta vez firmado por quienes juraban que nunca iban a parecerse a Guillermo Moreno.

