En 2024, Argentina registró 4.249 personas que se quitaron la vida. Es la cifra más alta desde que se mide de esta forma y equivale a una tasa de 9,8 suicidios cada 100.000 habitantes, exactamente la misma tasa que en 2023 pero con más casos en números absolutos. En los informes oficiales del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), el suicidio ya aparece como la principal causa de muerte violenta del país, por encima de homicidios y muertes viales. No es un récord para poner en un gráfico, es el lado más oscuro de un modelo social que viene repitiendo hace años la consigna silenciosa del “arreglate como puedas”.
Si estás atravesando una crisis emocional o tenés pensamientos de quitarte la vida, no estás solo/a.
Podés comunicarte de forma gratuita, anónima y las 24 horas con el Centro de Asistencia al Suicida al 135 (CABA y GBA) o al 0800-345-1435 / (011) 5275-1135 desde todo el país.
Si vos o alguien cercano corre peligro inmediato, llamá al 911 o acercate a la guardia del hospital más cercano.
El dato no está perdido en un Excel técnico: en el informe ejecutivo 2024 del SNIC, el suicidio figura con una tasa de 9,8 por 100.000 habitantes, mientras los homicidios dolosos bajan a 3,8 por 100.000 y las muertes viales a 7,5 por 100.000. Desde 2020 se dio vuelta la foto clásica de la “inseguridad”: hoy la forma más frecuente de muerte violenta en Argentina no es que alguien te mate, ni un choque en la ruta, sino una persona que decide terminar con su propia vida. Eso ya debería haber cambiado la conversación pública, pero seguimos discutiendo como si el único problema fuera cuántos patrulleros hay en la esquina. Mejor podríamos ver cuántas armas hay en la calle, que lejos de ser una herramienta de defensa suelen ser mayoritariamente productoras de accidentes o suicidios.
Lo más inquietante es que esta curva local se mueve a contramano del mundo. Según los datos consolidados para los Objetivos de Desarrollo Sostenible, entre 2000 y 2021 la tasa global de suicidios cayó de 12,5 a 9,2 por cada 100.000 habitantes, una reducción de alrededor del 26–35 % según cómo se mida. Pero esa caída no fue pareja: mientras Europa, Asia central y el Pacífico bajaron fuerte, en América del Norte y en América Latina y el Caribe las tasas aumentaron (alrededor de 25–33 % más altas que a comienzos de siglo). Argentina, que desde antes del 2022 rondaba los 7,2 suicidios cada 100.000 habitantes, se mueve ahora en la zona de 9,8 y queda del lado de la región que empeora, no del promedio mundial que mejora.
Los informes de salud mental advierten que esto no es un rayo en cielo sereno. Desde 2010 las cifras oscilaron pero se mantuvieron entre las más altas de Sudamérica, y desde 2020 el SNIC muestra un aumento sostenido de suicidios al mismo tiempo que caen los homicidios y las muertes viales. En paralelo, entre abril de 2023 y abril de 2025 se notificaron 15.807 intentos de suicidio en el Sistema Nacional de Vigilancia Sanitaria, un promedio de 22 episodios por día, con más del 30 % concentrado en adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años, que no son mayoría como se podría creer wertherenianamente. El país que se ríe de sí mismo porque “todos tenemos terapeuta” está dejando solos, justamente, a los que más necesitarían no estarlo, no sólo econonómicamente.
La peor cara del “sálvese quien pueda” se ve donde el modelo de vida estalla primero: en los cuerpos que no aguantan más. Una economía que ajusta hacia abajo salarios, jubilaciones y prestaciones, un sistema de salud mental fragmentado y subfinanciado, redes comunitarias debilitadas, precarización laboral y endeudamiento masivo son variables que no explican por sí solas cada decisión individual, pero sí construyen el clima donde la desesperación se vuelve más frecuente y la salida parece, para demasiada gente, una sola. Informes recientes de organismos internacionales recuerdan que la depresión, la ansiedad y los consumos problemáticos vienen creciendo y que la mitad de esta carga de enfermedad sería prevenible con políticas de soporte y cuidado. En Argentina, mientras tanto, la política discute cuántos ministerios cerrar y cuántos psicólogos sacar de planta.
Si estás atravesando una crisis emocional o tenés pensamientos de quitarte la vida, no estás solo/a.
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Hay sectores donde la crisis se percibe con lupa: adolescentes, jóvenes adultos, diversidad sexual, pueblos originarios, periferias urbanas y también, cada vez más, quienes llevan uniforme. En la Policía de Santa Fe, por ejemplo, una diputada provincial alertó este año que hubo cuatro suicidios dentro de la fuerza en un solo mes, casi la misma cantidad que en todo 2024, y habló de “pandemia silenciosa” entre agentes mal pagos, sobrecargados y sin contención. El caso del joven militar hallado muerto en la Quinta de Olivos, con investigaciones que señalan deudas y angustia económica, mostró de golpe que el desgaste no se agota en las villas ni en los barrios populares: también golpea en el corazón simbólico del poder político.
Lo que cambia, con estos números, es la escala. El Global Burden of Disease y otros estudios advierten que, mientras el mundo en general logra bajar sus tasas, América y especialmente América Latina están viendo crecer las muertes de jóvenes por suicidio y sustancias. Ahí es donde el discurso oficial del “emprendedor de sí mismo”, del “si no llegás es porque no te esforzaste” y del “el Estado no te debe nada” se vuelve más que un slogan ideológico: se transforma en un ruido de fondo cruel para quienes ya están al borde. La desesperanza es total. No es que una frase de Milei, de Macri o de cualquier dirigente provoque directamente un suicidio. Es que, cuando todo el marco institucional repite que cada uno vale lo que produce, a los que sienten que no llegan los empuja un poco más al precipicio.
La OMS viene insistiendo hace años en que el suicidio es prevenible y que hay cuatro ejes básicos: limitar el acceso a los medios letales, promover una comunicación responsable en los medios, fortalecer habilidades emocionales desde la adolescencia y garantizar atención temprana para quienes están en riesgo. Argentina, en lugar de tomar esas recomendaciones como un programa de gobierno, las mira de reojo mientras recorta presupuestos, desarma programas territoriales y deja a las familias libradas a su suerte. El Estado aparece en los números, en las planillas del SNIC y en las estadísticas mundiales, pero no aparece donde más tendría que estar: en el consultorio de salud mental del barrio, en la escuela, en el cuartel, en la comisaría, en la guardia de madrugada.
Hablar de esto también nos compromete a cómo lo contamos. Los expertos en prevención piden evitar la espectacularización, los detalles morbosos, el lenguaje de récord y ranking, porque todo eso aumenta el riesgo de contagio. Por eso, más que mirar los 4.249 casos como un número para exhibir, habría que leerlos como el síntoma de algo que no estamos haciendo: cuidar. Cuidar quiere decir enseñar a detectar señales de alarma, no banalizar frases como “no doy más”, abrazar en vez de mandar a “emprender”, y construir redes donde pedir ayuda no sea visto como debilidad, sino como un acto mínimo de supervivencia colectiva.
Si estás atravesando una crisis emocional o tenés pensamientos de quitarte la vida, no estás solo/a.
Podés comunicarte de forma gratuita, anónima y las 24 horas con el Centro de Asistencia al Suicida al 135 (CABA y GBA) o al 0800-345-1435 / (011) 5275-1135 desde todo el país.
Si vos o alguien cercano corre peligro inmediato, llamá al 911 o acercate a la guardia del hospital más cercano.
Y si todo esto no te suena a estadística lejana sino a algo que te toca de cerca, hay algo que sí importa decir explícitamente: pedir ayuda sirve. En Argentina existen líneas gratuitas como el 135 en Ciudad y Provincia de Buenos Aires, y las líneas provinciales de salud mental que se atienden todos los días, además de los hospitales públicos y los centros de salud. No solucionan la crisis económica ni el modelo del sálvese quien pueda, pero pueden ser la diferencia entre atravesar una noche horrible acompañado o hacerlo completamente solo. Valés la pena, quedate de este lado. En un país que llegó a su máximo de suicidios, esa diferencia también es política.

