el alineamiento automático impide la ayuda argentina a GAZA

El gobierno de la libertad no permite la ayuda de 43 toneladas para Gaza

La «libertad» del gobierno de Javier Milei tiene un límite claro: la pista de un avión cargado de comida. Mientras el discurso oficial habla de desregular, una burocracia silenciosa en Cancillería traba desde hace más de un mes el vuelo humanitario de Enrique Piñeyro. El piloto y cineasta tiene todo listo: 43 toneladas de alimentos, el aval de Palestina, Egipto y la Cruz Roja. Solo falta el permiso de Pablo Quirno. Parece que la libertad de ayudar necesita una visa diplomática.

Este bloqueo no es un accidente. Es la coherencia de un alineamiento automático y servil con Estados Unidos e Israel. La política exterior argentina, antes diversa, hoy se reduce a un guion escrito en Washington y Tel Aviv. Bloquear este avión es el mensaje: la solidaridad con Palestina es un estorbo. La comida varada es el monumento a esa sumisión elegida.

El patrón es claro y vergonzoso. Según reportes de agencias internacionales, Argentina ha modificado su tradición de voto en foros multilaterales, absteniéndose o votando en contra de resoluciones que condenan a Israel o piden un alto al fuego en Gaza. Este giro no es neutralidad. Es complicidad activa con un socio estratégico, aunque eso implique darle la espalda a la catástrofe humanitaria.

La situación en Gaza, descrita por la ONU con la palabra más dura: hambruna. Es el escenario del que Piñeyro intenta sacar, al menos, a 3.500 personas. Un territorio donde la ayuda es un cálculo político, un permiso militar. La administración de la muerte. El gobierno argentino, con su silencio, se convierte en un administrador más. Niega un «delivery de carga» que es un salvavidas.

Este no es un caso aislado, sino parte de una hostilidad sistemática contra la ayuda humanitaria dirigida a Palestina. Como ya documentamos en VEM, la legisladora Celeste Fierro fue detenida, maltratada y deportada por Israel por intentar llegar a Gaza con la Flotilla Global Sumud. En ese entonces, la gestión diplomática argentina fue lenta y tibia pese a que había una legisladora por CABA involucrada. Hoy, ni siquiera deja despegar la ayuda.

Piñeyro es la clase de «grosso» que este relato libertario desprecia. Financió con fondos propios –sin pedir donaciones– comida para 3.500 personas por dos semanas. Su cine siempre miró las grietas sociales; su vida trata de llenar las de un territorio bombardeado. En 2023, Cancillería le autorizó dos vuelos sin problemas. Hoy, ante una hambruna declarada y la cada vez más repetida palabra genocidio, solo hay silencio. La eficiencia privada choca contra el muro de la realpolitik.

Milei ha ninguneado públicamente el drama palestino, reduciéndolo a un «conflicto» lejano o, peor aún, justificando la «defensa» israelí sin mencionar a las víctimas civiles. Esta retórica no es casual: da cobertura política al bloqueo logístico. Si el Presidente minimiza el genocidio, ¿por qué su Cancillería autorizaría un vuelo que lo contradice?

Al final, la frase de George Orwell se actualiza: «Todos somos libres, pero algunos son más libres que otros». El gobierno es libre de alinearse con el autoritarismo de occidente. Piñeyro es libre de esperar un permiso que no llega. Y en Gaza, son libres de esperar una comida retenida por una Cancillería que no sabe que es la libertad pero sí la obediencia. Un vuelo de 15 horas separa la hipocresía de la necesidad. Y el gobierno de la libertad prefiere que ese avión no despegue nunca.

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Leandro Retta