El 24 de marzo la derecha argentina suele hacer lo mismo que hace con el peronismo: recortar la historia para que empiece donde le conviene. Para ellos, el golpe de 1976 fue una respuesta «necesaria» al terrorismo civil que amenazaba a la Nación. Lo que omiten en esa versión de opereta es que los grupos guerrilleros no nacieron por generación espontánea en un jardín de infantes armado. Nacieron después de 18 años de proscripción, violencia institucional, bombardeos a civiles desarmados, fusilamientos clandestinos, golpes militares a los partidos políticos más importantes del siglo XX y una larga lista de crímenes cometidos por el Estado Argentino antes de que el primer militante de Montoneros o del ERP empuñara un fusil.
La pregunta que los negacionistas no quieren responder es simple: si durante casi dos décadas le prohibiste a millones de argentinos votar a su partido, disolviste sus organizaciones gremiales, cerraste sus universidades, fusilaste a sus obreros, bombardeaste su Plaza de Mayo y secuestraste el cadáver de su líder símbolo, ¿cómo esperabas que respondieran?
La proscripción del peronismo comenzó el mismo día del golpe de 1955, que se autodenominó «Revolución Libertadora» y tuvo como primera medida ilegalizar al partido que había ganado las elecciones anteriores con más del 50% de los votos . Pero la cosa no quedó ahí: la dictadura de Aramburu fusiló a 27 civiles en junio de 1956 en José León Suárez, la mayoría peronistas, en un intento por descabezar una rebelión que nunca llegó a concretarse . Los cadáveres de los fusilados fueron enterrados en fosas comunes con cal viva, un método que los militares perfeccionarían veinte años después. Y como si la humillación política no fuera suficiente, el 22 de agosto de 1955, en un acto de crueldad que no tiene paralelo en la historia argentina, una turba anticomunista apoyada por los militares sublevados sacó el cuerpo embalsamado de Eva Perón de la CGT, lo arrastró por las calles de Buenos Aires y lo embarcó hacia un exilio forzado durante 17 años. Ese era el «orden» que la derecha quería restaurar.
Los 18 años que van de 1955 a 1973 no fueron un paréntesis entre dos peronismos. Fueron un laboratorio de cómo la derecha argentina (empresarios concentrados, Fuerzas Armadas con vocación de poder, sectores cómplices de la Iglesia) se negaba sistemáticamente a aceptar cualquier gobierno que incluyera a las mayorías.
Cuando intentaron volver a una democracia controlada, llamaron a elecciones sin el peronismo y ganó Arturo Frondizi, de la UCR Intransigente, con el voto peronista que le dio un respaldo masivo a cambio de una promesa de levantar la proscripción. Frondizi intentó gobernar con un programa de desarrollo industrial que chocó con los intereses de los sectores concentrados y con la ortodoxia militar. Lo voltearon en 1962. El mensaje era claro: no se permitía que el radicalismo (el otro partido histórico del siglo) gobernara si eso implicaba tocar los intereses de los grandes grupos económicos.
La siguiente experiencia fue la presidencia de Arturo Illia (1963-1966), otro radical, que ganó con el peronismo aún proscripto. Illia cometió el pecado de anular los contratos petroleros con empresas extranjeras que había firmado Frondizi, algo que la derecha nacional y los intereses extranjeros no le perdonaron. El golpe de 1966, autodenominado Revolución Argentina, lo derrocó con el argumento de que había que “disciplinar” a la sociedad y terminar con la “anarquía”. La dictadura de Onganía no solo disolvió todos los partidos políticos, sino que desató la Noche de los Bastones Largos: desalojó a golpes a estudiantes y profesores de las universidades y echó a 3.000 científicos del sistema universitario. Si no podían gobernar ni peronistas ni radicales ¿para quién estabas gobernando? ¿qué opción le das a la sociedad para que se exprese y canalice sus problemas, inquietudes y planes de país?
La pregunta que la derecha nunca va a responder es: si durante casi dos décadas le prohibiste a millones de argentinos votar a su partido, volteaste a los gobiernos de cualquier partido, fusilaste obreros, bombardeaste Plaza de Mayo, ultrajaraste el cuerpo de Eva Perón, cerraste universidades y entregaste la economía a los sectores concentrados,
La izquierda, por su parte, también había sido sistemáticamente perseguida desde mucho antes, en una continuidad represiva que pocas veces se cuenta completa. El Partido Comunista, fundado en 1918 como escisión del Partido Socialista tras la Revolución Rusa, fue ilegalizado durante casi toda la década de 1930 y sus militantes encarcelados o forzados a la clandestinidad . En 1936, cuando el partido intentó reorganizarse bajo la dirección de Luis Víctor Sommi, lo hizo en un contexto de persecución policial constante que incluía allanamientos a sus sedes y la clausura sistemática de sus periódicos .
El Partido Socialista, aunque formalmente legal durante algunos períodos, sufrió la persecución de sus dirigentes sindicales y la clausura de sus diarios en cada interregno militar. El propio Partido Socialista había sido fundado en 1896 por Juan B. Justo, el primer traductor de El Capital de Marx al español, y tuvo en Alfredo Palacios al primer diputado socialista de América Latina en 1904 . Pero la historia del socialismo argentino es también una historia de fracturas impuestas por la represión: en 1958, el partido se dividió en Socialista Democrático y Socialista Argentino (luego Socialista Popular), una fractura que no fue solo ideológica sino también producto de la persecución política que imponía elegir entre aceptar las reglas de la democracia restringida o ser ilegalizado . Sus periódicos, especialmente La Vanguardia, fueron clausurados en cada dictadura militar y reabiertos en los breves lapsos democráticos.
Cuando en la década del 60 surgió la «nueva izquierda» (una corriente que combinaba el marxismo renovado con el antiimperialismo y, en muchos casos, la reivindicación del peronismo como movimiento nacional), lo hizo en un contexto donde todas las vías legales estaban cerradas o eran extremadamente peligrosas . La revolución cubana de 1959 actuó como catalizador: para una generación de jóvenes que veía que el peronismo estaba proscripto, que el Partido Comunista era perseguido, que el Partido Socialista estaba fracturado y que la dictadura de Onganía había disuelto todos los partidos en 1966, la vía armada comenzó a aparecer no como una opción entre muchas, sino como la única forma de hacer política que no pasaba por pedir permiso .
El Estado, por su parte, no se quedó de brazos cruzados. En 1964, el presidente José María Guido firmó el decreto ley 4500 que puso a la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) a producir inteligencia para la «acción contra el comunismo» . Cuatro años más tarde, la dictadura de Juan Carlos Onganía promulgó la ley 17.401, que prohibió al Partido Comunista y creó la Comisión Asesora para la Calificación Ideológica Extremista (CACIE), un organismo que dependía de la SIDE y se dedicaba a «fichar» a cualquier persona sospechada de tener vínculos con la izquierda . Esa comisión, que funcionó hasta 1973, acumuló legajos sobre miles de argentinos: estudiantes, docentes, sindicalistas, intelectuales, periodistas. Cualquier crítica al gobierno militar o a los intereses económicos concentrados podía valer un casillero marcado como «extremista». La CACIE no era un invento paranoico: era la maquinaria burocrática que preparó el terreno para lo que vendría después. Para entonces, la nueva izquierda ya había recorrido el camino que iba de la crítica intelectual a la lucha armada, porque el Estado le había cerrado todas las puertas intermedias.
La lógica que la derecha nunca va a querer entender es la de la clandestinidad. Cuando un partido político está proscripto, sus dirigentes están encarcelados o exiliados, sus sindicatos son intervenidos, sus periódicos clausurados, sus actos prohibidos y la única forma de organizarse es en secreto, la distancia entre la militancia política y la lucha armada se acorta peligrosamente.
Si tenés que reunirte a escondidas para discutir política, tenés que usar documentos falsos para no ser detenido, tenés que imprimir volantes en mimeógrafos clandestinos porque ningún diario te publica una línea y cualquier reunión de más de tres personas puede ser allanada por la policía política, entonces el paso a la organización armada es un paso cuantitativo, no cualitativo.
El propio general Genaro Díaz Bessone, uno de los mentores del golpe de 1976, admitió años después algo que la derecha nunca va a poner en sus provocadores videos del 24 de marzo: «El motivo del derrocamiento del gobierno peronista en 1976 no fue la lucha contra la subversión. Nada impedía eliminarla bajo un gobierno constitucional. La justificación de la toma del poder fue clausurar un ciclo histórico» . Es decir: el terrorismo subversivo se podía derrotar sin dictadura. La dictadura se instaló para otra cosa: para terminar con el peronismo, para abrir la economía a sangre y fuego, para transferir la riqueza de los trabajadores a los sectores concentrados de la economía.
El contexto internacional de los años 70, que la derecha suele invocar para justificar el golpe como parte de una «guerra contra el comunismo», también era muy diferente al actual. No había una guerrilla globalizada ni un terrorismo yihadista. Lo que había era la Doctrina de la Seguridad Nacional, impuesta por Estados Unidos a toda América Latina, que consideraba que la «subversión» era cualquier intento de redistribuir la riqueza o de nacionalizar los recursos naturales . Las dictaduras del Cono Sur coordinaron sus operaciones represivas a través del Plan Cóndor, una red transnacional de secuestro, tortura y asesinato de opositores políticos .
Por eso la pregunta del título no es retórica. Los grupos guerrilleros surgieron en Argentina porque durante casi veinte años a millones de argentinos se les prohibió la política democrática. No se les permitió votar a su partido. No se les permitió sindicalizarse con libertad. No se les permitió publicar sus ideas. No se les permitió manifestarse en las calles sin ser reprimidos. Cuando todo eso está prohibido, ¿qué queda? La pregunta no la inventó la guerrilla: la inventó la dictadura que los precedió. Y si hoy, a 50 años del golpe, seguimos sin responderla, es porque la derecha prefiere seguir preguntándose por qué surgió la violencia, antes que reconocer que ellos mismos la fabricaron.

