Cómo David puede vencer a Goliat

David vs Goliat: ¿cómo puede Irán torcerle el brazo a Trump?

La imagen es casi una postal de manual de geopolítica: un misil balístico iraní, que cuesta lo que una camioneta 0km, impacta de lleno en un radar AN/TPY-2, el corazón del sistema THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), valorado en más de 500 millones de dólares. La bola de fuego ilumina el desierto de Qatar y, con ella, se apaga una parte de la red de defensa más cara del planeta . La pregunta que pocos se hacen es si esto fue un golpe de suerte o el inicio de un plan maestro. Todo indica que es lo segundo.

AN/TPY-2 norteamericano destruido por Irán

Lo que está ocurriendo en Medio Oriente desde fines de febrero no es una guerra convencional. Es la aplicación sistemática de una doctrina que Irán viene perfeccionando hace años: la guerra de desgaste asimétrico. No se trata de ganar batallas campales ni de tomar territorio. Se trata de sobrevivir y, mientras tanto, hacer que al enemigo le resulte tan caro sostener la guerra que termine buscando una salida.

Para entender cómo piensa Irán hay que meterse en la cabeza de sus estrategas militares. Desde hace años vienen desarrollando el concepto de guerra de desgaste asimétrico, una mezcla de la doctrina maoísta de guerra prolongada con tecnología de punta y tácticas de enjambre. El objetivo no es ganar, es no perder. Y mientras tanto, desgastar .

La clave de esta estrategia es la defensa en mosaico. El canciller iraní Abbas Araghchi lo explicó sin vueltas en su cuenta de X: «Hemos tenido dos décadas para estudiar las derrotas del ejército estadounidense al este y oeste de nuestro país. Hemos incorporado las lecciones en consecuencia. Los bombardeos en nuestra capital no tienen impacto en nuestra capacidad para conducir la guerra. La defensa en mosaico descentralizada nos permite decidir cuándo y cómo terminará la guerra» . Irán reorganizó sus fuerzas en unidades provinciales autónomas, con capacidad de decisión propia y objetivos regionales. Si matan al líder, las células siguen peleando. Es una estructura diseñada para absorber golpes sin romperse, como una esponja de acero. El enemigo puede ganar todas las batallas aéreas, pero cuando termine, se va a encontrar con que la guerra de desgaste recién empieza.

Y acá entramos en lo que pasó esos días. Lo que se observa no es una serie de golpes de suerte. Es la ejecución de un plan sistemático de ceguera estratégica. Los radares no son un blanco más: son el sistema nervioso. Sin ellos, el misil más caro del mundo es un pedazo de metal volando a ciegas.

Fuentes iraníes y análisis de inteligencia de fuentes abiertas indican que en la primera semana del conflicto, Irán destruyó o dañó gravemente al menos dos radares AN/TPY-2 (los del sistema THAAD), el radar de alerta temprana AN/FPS-132 en Qatar, múltiples nodos de sensores y la infraestructura de comunicaciones crítica . No fue un bombardeo al voleo: fue una operación coordinada de precisión quirúrgica.

Para dimensionar el golpe, hay que entender lo que vale cada uno de estos equipos y lo que significan estratégicamente.

El AN/FPS-132, también conocido como «Pave Paws», es un radar de alerta temprana diseñado para detectar lanzamientos de misiles balísticos a distancias de hasta 5.000 kilómetros. Para ponerlo en perspectiva, 5.000 kilómetros es más que la distancia que separa la ciudad de Ushuaia de La Quiaca, en los dos extremos de Argentina. Es también aproximadamente la distancia entre Buenos Aires y la ciudad de Quito, en Ecuador.

Este radar, ubicado en la Base Aérea Al Udeid en Qatar, cubría un arco de vigilancia que incluía todo el Golfo Pérsico, gran parte de Arabia Saudita, Irán, Irak, y se extendía hasta el este del Mediterráneo y desde el sur de Rusia al Cuerno de África. El AN/FPS-132, construido por Raytheon, su valor supera los 1.100 millones de dólares . Su eliminación comprime los tiempos de reacción del sistema de defensa de minutos a segundos, porque los radares de menor alcance tienen que detectar los misiles mucho más tarde.

El AN/TPY-2 (Army-Navy Transportable Radar Surveillance) es un radar de alta resolución que opera en banda X, específicamente diseñado para la defensa antimisiles. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), es capaz de rastrear objetos a distancias de entre 870 y 3.000 kilómetros, dependiendo del tamaño del objetivo y del modo de operación . Puede operar en dos modos: en modo de avance, donde se coloca cerca de zonas de lanzamiento enemigas para detectar misiles en fase de impulso y en modo terminal, donde trabaja junto a una batería THAAD guiando los interceptores hacia sus blancos. Cada radar cuesta entre 300 y 500 millones de dólares, aunque las versiones más modernas con tecnología de nitruro de galio (GaN) superan ampliamente esas cifras .

Desde que comenzó su desarrollo en los años 90, Estados Unidos ha fabricado alrededor de 20 unidades del AN/TPY-2, de las cuales 12 están en servicio activo en el Ejército . Ocho de ellas están asignadas a las ocho baterías THAAD existentes, y el resto opera en modo de avance en lugares como Japón, Turquía e Israel . Perder 2 o 3 de golpe no es un raspón: es una hemorragia. Sin ese radar, una batería THAAD (con sus 48 interceptores de 13 millones de dólares cada uno) es chatarra con ruedas: no ve, no guía, no sirve .

Lo que hace esto posible, según reportes del Washington Post citados por el Institute for the Study of War (ISW), es que Rusia estaría compartiendo inteligencia con Irán para apoyar los ataques contra fuerzas estadounidenses. Tres funcionarios con conocimiento de la información de inteligencia sobre el apoyo ruso a Irán señalaron que Moscú ha proporcionado a Teherán las ubicaciones de activos militares de EE.UU., incluidos buques de guerra y aeronaves, desde el inicio de los ataques del 28 de febrero. Un funcionario calificó el suministro ruso de información de objetivo como un «esfuerzo bastante completo» . Rusia podría estar dando a Irán imágenes satelitales de alta calidad con las que identificar qué bases están utilizando Estados Unidos y sus aliados, así como la ubicación de aeronaves, estaciones de inteligencia y flujos logísticos. Irán no tiene acceso regular a imágenes satelitales de alta calidad, ni siquiera de fuentes comerciales, y podría estar dependiendo de Rusia para obtenerlas .

La pregunta que debería quitarles el sueño a los comandantes norteamericanos es simple: ¿qué pasa cuando los radares se acaben? Muchos de los sistemas están asignados a otros teatros: Corea del Sur, Guam, Europa del Este. Si Irán sigue destruyéndolos a este ritmo los radares se acaban antes que la guerra. Ya hay reportes de que Washington evalúa reubicar sistemas THAAD y Patriot desde Corea del Sur hacia Medio Oriente para tapar el boquete . Eso significa desguarnecer el flanco coreano justo cuando Kim Jong-un mira con atención. El efecto dominó ya empezó.

Y cuando los radares escaseen, cuando los pocos que queden tengan que rotar entre bases para cubrir agujeros, vendrá el momento que Irán está preparando: un ataque masivo con armas ocultas. Porque Irán no solo está destruyendo radares. Está acumulando capacidad de fuego. La lógica es perversa y brillante: cada misil iraní cuesta una fracción de lo que cuesta un interceptor americano. Un dron Shahed-136 cuesta unos 50.000 dólares; un misil Patriot para interceptarlo cuesta 3 millones. Cuando los radares que guían esos interceptores empiecen a fallar, cuando haya zonas ciegas en la cobertura, la ecuación se invierte. El defensor ya no puede interceptar todo.

Sin embargo, el plan iraní no termina con dejar ciego al enemigo. La ceguera es solo la condición de posibilidad para lo que viene después. Cuando los comandantes del IRGC consideren que la red de radares AN/TPY-2 y AN/FPS-132 está suficientemente perforada, cuando los sistemas THAAD y Patriot tengan que operar con información parcial y tiempos de reacción comprimidos, pasarán de la guerra de desgaste a la estocada crucial. Ahí es donde entrará en juego la segunda pata de la doctrina: el ataque de saturación masiva con todo lo que tienen guardado. Fuentes periodísticas citan a oficiales militares estadounidenses advirtiendo que Irán podría haber stockpiled (acumulado) suficientes misiles y drones para continuar los ataques, y que Washington no ha logrado identificar todos los lugares de lanzamiento. Las llamadas «salvas iniciales» de misiles y drones no serían más que el preludio; los misiles avanzados, incluidos los hipersónicos, vendrían después . La lógica es brutal y simple: cuando el gigante está ciego y ya gastó sus mejores balas tratando de frenar enjambres de Shahed-136 de 50.000 dólares con interceptores de 3 millones, Irán lanzará lo pesado. Los misiles con una tonelada de explosivos, los que pueden atravesar defensas debilitadas, apuntarán a lo que realmente duele: refinerías, centrales eléctricas, bases militares de alto valor y centros de comando . Lo de la tonelada de explosivos no es antojadizo: el comandante de la Fuerza Aeroespacial del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC), Majid Mousavi, anunció oficialmente el cambio de doctrina. De ahora en adelante, no se lanzará ningún misil con una ojiva de peso inferior a una tonelada. El general Akbarnia, de las Guardias Revolucionarias, lo dijo sin vueltas después de los ataques: «se ha destruido una parte importante de las capacidades de radar del enemigo y se ha vuelto más fácil atacar bases militares».

Pero el golpe del David chiita contra el Goliat americano no es solo militar. Es económico, y ahí duele más. El tráfico por el Estrecho de Ormuz cayó estrepitosamente desde que empezó la guerra. Por ahí pasa el 20% del petróleo y el gas mundial y un tercio del comercio de fertilizantes. El petróleo ya osciló por los 120 dólares por barril, y eso es nafta más cara para el ciudadano americano común. En un año de elecciones de medio término, eso es dinamita política.

Y acá viene la matemática que ningún funcionario de la administración Trump quiere hacer en público. EE.UU. gasta cerca de 1.000 millones de dólares por día en esta guerra (sin contar las pérdidas militares). Trump dijo que la guerra duraría 4 o 5 semanas; a ese ritmo, son 35.000 millones de dólares. Para poner esa cifra en perspectiva, equivale al 10% del PBI argentino, a 2,7 portaaviones de la clase Gerald R. Ford, o a la mitad de toda la ayuda militar entregada a Ucrania entre 2022 y 2025. Y el problema no es el monto absoluto, es dónde está parada la economía americana cuando le cae este gasto encima: con una deuda nacional que ya supera los 38 billones de dólares, un costo anual por intereses de casi 1 billón de dólares, inflación estancada y un porcentaje creciente de votantes en contra de la guerra.

No es solo petróleo. El 44% del azufre mundial (clave para fertilizantes) pasa por Ormuz. Si los fertilizantes suben, los alimentos suben. Y eso es comida más cara en todo el planeta. Además, los aliados del Golfo (Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita) están recibiendo misiles. Si Washington no puede defender a sus socios, ¿qué clase de protector es? La credibilidad de Estados Unidos como garante de seguridad en la región se desangra con cada radar que explota.

La administración Trump puede ganar todas las batallas militares pero si en noviembre los republicanos pierden el Congreso porque la nafta está cara, habrá perdido la guerra. Los expertos lo dicen claro: el daño político depende de cuánto duren los precios altos. Si la gente va a votar acordándose del precio del combustible, el oficialismo va a tener que negociar.

Y ahí, David no solo le habrá torcido el brazo a Goliat. Le habrá sacado los ojos. Porque cuando los sentidos fallan, el gigante pelea a ciegas. Y en esta guerra, pelear a ciegas cuesta más de 1.000 millones de dólares por día.

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Leandro Retta