El gobierno de Javier Milei logró lo que quería: la Ley de Modernización Laboral ya es ley. Pero en política, como en la guerra, hay victorias que saben a derrota. La madrugada del 12 de febrero, el Senado le dio media sanción a la reforma más regresiva de la historia democrática argentina. Días más tarde, con la Cámara de Diputados blindada por un vallado de tres metros y un operativo de seguridad digno de estado de sitio, la iniciativa se aprobaba en Diputados con modificaciones. El problema para el gobierno es que mientras los legisladores oficialistas levantaban la mano, la calle, las encuestas y los trabajadores levantaban la bandera del rechazo.
Un estudio de la consultora de Hugo Haime, realizado entre el 8 y el 16 de febrero por encargo de la CGT, revela un número que debería poner nervioso a cualquier funcionario: el 70,8% de los trabajadores sindicalizados rechaza la gestión de Javier Milei . No es un dato aislado ni una foto fija: la desaprobación viene subiendo como la espuma. En noviembre era del 59%, en diciembre saltó al 66% y en febrero, justo durante el debate por la reforma, trepó al 70,8%. Doce puntos en tres meses y a la reforma todavía le falta volver al Senado. La aprobación de gestión, en paralelo, cayó del 34% en diciembre al 27,4% en febrero. Es la cifra más baja desde septiembre pasado .
Lo interesante del relevamiento es que no se trata de un rechazo genérico al gobierno, sino de una oposición específica al corazón de su programa: la reforma laboral. El 71% de los sindicalizados desaprueba el proyecto de ley, mientras que apenas el 23,1% lo apoya . Eso significa que incluso entre los trabajadores afiliados que todavía aprueban la gestión de Milei, hay una fuga de apoyos cuando se les pregunta por la reforma. La ley no suma ni entre los propios.
El contraste con el resto de la población trabajadora es igualmente revelador. Entre el total de trabajadores (registrados, no registrados e independientes), el rechazo a la gestión es del 55,3% y la aprobación del 42,4% . Los empleados no registrados son el segmento que más adhiere al gobierno, pero incluso allí la desaprobación supera el 50% . En otras palabras, el único núcleo duro que le queda a Milei entre los laburantes es un conjunto de trabajadores informales que, paradójicamente, la reforma promete «blanquear» con condiciones más precarias.
Mientras tanto, en el Congreso, el espectáculo fue un manual de la hipocresía legislativa. El oficialismo tuvo que retroceder a toda velocidad con el infame artículo 44, ese que permitía descuentos por enfermedad, pero ya era tarde: el daño comunicacional estaba hecho. La imagen de los diputados libertarios votando una ley que recorta derechos mientras sus líderes, desde Adorni hasta el propio Milei, cobraron en el pasado indemnizaciones millonarias, es una postal que difícilmente se borre con eslóganes de «modernización».
Otra encuesta, esta vez de la consultora Zentrix, agrega un dato que los libertarios deberían procesar con cuidado: el 71,9% de los argentinos apoya el paro general convocado por la CGT .Casi tres de cada cuatro ciudadanos respaldan la medida de fuerza contra la reforma. De ese porcentaje, el 67,5% está a favor con movilización y el 4,4% sin movilizar . En paralelo, el apoyo a la reforma laboral cayó del 55% en noviembre al 48,6% en febrero, mientras que el rechazo escaló al 45,2% . La brecha, que antes era amplia, ahora es casi un empate técnico.
El problema de fondo, el que ningún funcionario libertario quiere explicar en las entrevistas, es que facilitar los despidos en un contexto recesivo no genera empleo: genera más despidos. La lógica es tan simple como brutal. ¿Quién va a contratar personal cuando la economía está planchada, el consumo cae, las fábricas cierran y a la mayoría de las empresas les sobran empleados? Según datos de la Secretaría de Trabajo, entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se perdieron 192.400 puestos de trabajo asalariado privado registrado . La construcción se achicó en 66.000 empleos y la industria manufacturera en 60.400 . Todo esto ocurrió con las leyes laborales anteriores, las que el gobierno considera «obsoletas». Con la nueva ley, que abarata el despido y elimina trabas para echar, el resultado no va a ser más contrataciones sino una nueva oleada de ajustes de personal en sectores como el comercio y la industria, que ya vienen sintiendo el impacto de la recesión y la apertura de importaciones .
El economista Leonardo Park, investigador de Fundar, lo explica con claridad: cuando cae la producción local por la competencia importada, las empresas se achican o cierran, y el efecto final son despidos y pérdida de empleo . Lo que añade un problema adicional: los trabajadores desplazados de sectores como la industria o la construcción tienen enormes dificultades para recolocarse en otras actividades, ya sea por falta de dinamismo del mercado laboral, porque no tienen las habilidades requeridas o porque los sectores que crecen (como la minería, los servicios financieros o la energía) están concentrados en regiones muy específicas y no son generadoras de trabajo intensivo .El gobierno apuesta a que abaratar el despido va a incentivar la contratación, pero en un escenario donde ya se perdieron 22.000 empresas y más de 300.000 empleos formales en dos años, la única certeza es que la nueva ley va a ser usada por los empresarios para lo único que sirve en este contexto: para despedir más barato .
La paradoja es que, según la misma encuesta, la imagen positiva de Milei se mantiene en 48% . Es decir, hay un sector de la sociedad que aprueba al presidente pero desaprueba su reforma laboral. Una contradicción insostenible en el tiempo, sobre todo cuando los efectos concretos de la ley empiecen a sentirse en los bolsillos: fin de las indemnizaciones como las conocemos, jornadas de 12 horas, pago en criptomonedas y un fondo de desempleo que le saca plata a la ANSES para dársela a las empresas.
En el Senado, el gobierno parece que se quedará con la victoria. Pero el costo político de esa ley es alto y va a seguir creciendo porque la gente empezará asociar sus problemas laborales a la legislación de este gobierno. Porque cuando el 71% de los trabajadores organizados te dice que no, cuando la mayoría social respalda el paro en tu contra, cuando tenés que sacar la ley blindando el Congreso y reprimiendo en las calles, la palabra «victoria» empieza a sonar hueca. Los libertarios pueden festejar esta noche, pero deberían preguntarse cuántas victorias de este tipo puede soportar un gobierno antes de descubrir que, en realidad, estaba cavando su propia tumba.

