Javier Miei le da vergüenza a los argentinos según la Universidad de San Andrés

La palabra «vergüenza» domina la percepción de los argentinos acerca de Milei

La Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (ESPOP) de la Universidad de San Andrés, correspondiente a abril de 2026, reveló que el 61% de los argentinos desaprueba la gestión de Javier Milei, una cifra que por sí sola ya configura un rechazo mayoritario, en línea con la gran mayoría de los sondeos de opinión. Sin embargo, el dato más devastador para la Casa Rosada no está en los números fríos, sino en las palabras que los propios encuestados eligieron para definir lo que sienten por el Presidente. Cuando el estudio les pidió que definieran al mandatario en una sola palabra, la más repetida fue vergüenza, seguida de cerca por asco y rechazo. No es un detalle menor: es un hallazgo inédito en la historia de las mediciones de opinión pública argentina.

Extracto del informe de la Universidad de San Andrés

La contundencia del estudio, elaborado por el prestigioso Laboratorio de Observación de la Opinión Pública (LOOP) de la Universidad de San Andrés, atravesó todas las fronteras mediáticas. En la vereda del oficialismo, Eduardo Feinmann leyó los resultados en vivo en su programa de Radio Mitre y no pudo más que admitir: «De los sentimientos que genera el presidente, entre los que desaprueban su gestión, la palabra más fuerte es vergüenza. Segunda palabra: rechazo. Tercera palabra: asco». En la vereda de la oposición, Roberto Navarro sentenció: «A los argentinos les da vergüenza Milei». La coincidencia entre dos periodistas ubicados en las antípodas ideológicas no es una casualidad: es la constatación de que la palabra ya quedó tatuada en la conversación pública.

La pregunta inevitable es de qué está hecha esa vergüenza. La ESPOP ofrece algunas pistas: las principales preocupaciones de la ciudadanía son la falta de trabajo (40%), los bajos salarios (39%) y la corrupción (38%). Pero para entender la magnitud del fenómeno, hay que desgranar los episodios concretos que transformaron a ese combo de «asco, rechazo y vergüenza» en el nuevo sentir de seis de cada diez argentinos.

El escándalo de LIBRA fue tal vez el primer golpe a una imagen que parecía que no le entraban las balas. La investigación judicial posterior reveló siete llamadas telefónicas entre Milei y el empresario Mauricio Novelli (creador del token) en la noche del lanzamiento, lo que echa por tierra la versión oficial de que el Presidente solo «difundió» el proyecto de buena fe. El episodio fue calificado por la BBC como un caso de libro de «rug pulling» (tirón de alfombra), la modalidad de estafa más burda del ecosistema cripto. Milei no sólo era un estafador, sino que además era uno que se enchastraba por dinero de forma obscena.

El segundo gran vertedero de vergüenza fueron los créditos VIP del Banco Nación. Mientras a 714 trabajadores estatales les rechazaban sus solicitudes en apenas un minuto, los altos funcionarios del gobierno y sus parientes se alzaban con préstamos por más de 2.500 millones de pesos en total. La paradoja fue tan obscena como previsible: los mismos que llegaron al poder para combatir «los privilegios de la casta» se construyeron un sistema de financiamiento VIP con las arcas públicas.

A la vergüenza doméstica se sumó la vergüenza internacional, esa que los argentinos sienten cuando el país sale al mundo de la mano de un presidente que convierte cada visita de Estado en un escándalo. Su alineamiento automático con la derecha más radical lo llevó a la CPAC en Hungría, donde compartió escenario con Viktor Orbán y Santiago Abascal. En marzo de 2026, Milei difundió en sus redes sociales un video generado con inteligencia artificial donde Donald Trump, en un show de talentos televisivo, hacía desaparecer con un truco de magia a Nicolás Maduro y al líder iraní Alí Jamenei, todo frente a una platea donde aparecían el propio Milei, Giorgia Meloni y Benjamin Netanyahu aplaudiendo la performance virtual.

El tercer gran escándalo, y quizás el más grave por su dimensión moral, fue el de la ANDIS, la Agencia Nacional de Discapacidad. Las filtraciones de audios de Diego Spagnuolo, amigo y abogado personal de Milei y exdirector del organismo, revelaron un esquema de coimas en la compra de medicamentos para personas con discapacidad que involucraba a la Droguería Suizo Argentina. En los audios, Spagnuolo afirmó que Karina Milei y Eduardo «Lule» Menem «se llevan de medio palo para arriba por mes» del esquema de recaudación ilegal y se impuso el 3% de Karina y las cantadas de «alta coimera», al ritmo de Guantanamera. La combinación de discapacitados estafados, funcionarios amigos procesados y dinero en efectivo fue, para millones de argentinos, la confirmación definitiva de que estamos ante personas que, como mínimo, se creen más inteligentes que la mayoría de las personas. Sólo que no lo son.

Y es precisamente ahí donde anida el núcleo más corrosivo de la palabra que hoy domina las mediciones. La vergüenza no es un sentimiento cualquiera en el repertorio político. El odio se puede canalizar, el miedo se puede administrar, la bronca se puede redirigir contra un enemigo externo. Pero la vergüenza se mete en cada ciudadano y lo convierte en protagonista involuntario de un fracaso que siente como propio. Es, probablemente, el peor sentimiento que puede generar un jefe de Estado en la mayoría de la población, porque no se combate con discursos ni con actos de campaña: se combate con decencia y la decencia no se decreta. Se combate con resultados políticos y no están apareciendo. Es, además, una sentencia de muerte electoral: el votante que se avergüenza de quien puso en el poder difícilmente vuelva a elegirlo o lo hará en secreto, sin militarlo, sin defenderlo.

Hay que decirlo con todas las letras: Milei siempre fue un freak. Un bicho raro que, en su excentricidad, podía sorprender con resultados inesperados. Esa aura de outsider impredecible, de economista de pasillo que grita y agravia pero que «la ve», fue parte de su capital político desde los tiempos de los paneles televisivos. Pero cuando la palabra que te define deja de ser «polémico», «confrontativo» o «desafiante» y pasa a ser «vergüenza», ese capital se evapora de un plumazo. Porque una cosa es ser un freak que promete romper el sistema, y otra muy distinta es convertirte, vos también, en la peor versión de aquello que juraste destruir.

Leandro Retta