Mientras los documentos de la causa $LIBRA siguen mostrando los 5 millones de dólares que habrían pactado con el empresario Mauricio Novelli a cambio del tuit presidencial, el gobierno encontró un nuevo tema para intentar tapar el escándalo: la guerra.
En las últimas 48 horas, una catarata de declaraciones de funcionarios nacionales abrió una pregunta que hasta hace una semana nadie se hacía: ¿Argentina va a mandar tropas o buques a pelear contra Irán?
El recorrido empieza el 9 de marzo, cuando Javier Milei viajó a Nueva York y en la Universidad Judía Yeshiva calificó a Irán como «nuestro enemigo», sentenció «vamos a ganar la guerra» y se autoproclamó «el presidente más sionista del mundo». Al día siguiente, la Oficina del Presidente emitió un comunicado oficial celebrando el asesinato del líder supremo iraní Alí Jamenei, algo inédito en la historia diplomática argentina .
Pero la mecha se encendió el 17 de marzo, cuando el dirigente republicano Marc Zell, vicepresidente de Republicans Overseas, tuiteó que «Argentina está enviando unidades navales para ayudar a Estados Unidos a salvaguardar el tráfico marítimo internacional en el Estrecho de Ormuz. El Reino Unido se ha negado» . Zell no es un funcionario de la administración Trump, pero es un globo de ensayo con peso político: un abogado con larga trayectoria en la comunidad judía de Washington y Tel Aviv, que además aprovechó para sugerir que EE.UU. debería apoyar el reclamo argentino sobre Malvinas como recompensa
Al otro día, el canciller Pablo Quirno fue consultado por Eduardo Feinmann en A24 y no desmintió el envío. Dijo: «Vamos a hablar sobre certezas, no sobre rumores. Está claro dónde estamos parados» . Horas después, el secretario de Comunicación, Javier Lanari, fue todavía más lejos en diálogo con el diario español El Mundo: «Si lo solicitara Estados Unidos, sí. Cualquier ayuda que ellos consideren se dará». Aclaró que no hay pedido formal, pero la disposición es explícita. La voces de peso se multiplicaron: Patricia Bullrich justificó que «no nos estamos metiendo en una guerra ajena, estamos yendo contra alguien que atacó a la Argentina» , y hasta el ministro de Defensa, Carlos Presti, que ya había firmado en Florida la adhesión al «Escudo de las Américas», la coalición de seguridad impulsada por Trump, solicitó a cada fuerza -Ejército, Armada y Fuerza Aérea- un informe detallado sobre su estado actual, que incluya equipamiento disponible, capacidades logísticas y nivel operativo. .
Ahora bien, suponiendo que el gobierno realmente quisiera mandar tropas o buques, ¿es posible? La primera traba es la Constitución. El artículo 75, inciso 25, establece que es el Congreso quien debe «autorizar al Ejecutivo nacional para declarar la guerra o hacer la paz» y también «permitir la introducción de tropas extranjeras en el territorio de la Nación y la salida de fuerzas nacionales fuera de él». Hasta ahora, no hubo ni siquiera un amague de convocar al Parlamento. Pero cabe preguntarse: ¿al gobierno le importa que sea inconstitucional cuando ya demostró varias veces que eso no es una traba? Vetos a decretos aprobados por el Congreso, desfinanciamiento de partidas presupuestarias votadas, lawfare contra jueces. La lista es larga. La Constitución, para este oficialismo, parece más un estorbo que un límite.
Sin embargo, hay otra pared menos elástica: la realidad material. Una fuente de la Armada consultada por La Política Online fue lapidaria: «La política no tiene noción de lo obsoleto de nuestros recursos. La gente es buena, pero no hay fierros».
El ranking Global Firepower 2026 ubica a Argentina en el puesto 59 en poder naval, detrás de Colombia (13), Chile (25), Perú (44) e incluso Paraguay (45). De los tres destructores clase Almirante Brown (MEKO 360), «uno no anda». Las corbetas clase Espora (MEKO 140) tienen más de 30 años, carecen de sistemas de defensa antimisiles modernos y, según admitió la propia Armada en octubre del año pasado cuando se habló de enviar buques a Venezuela, tienen municiones para «dos horas de combate». La distancia transoceánica no es algo que nuestra Armada pueda enfrentar en el mediano plazo así como la falta de bases propias en el teatro de operaciones, lo que aumenta la dependencia de EEUU.
Un sitio especializado como Zona Militar publicó un análisis imprescindible que compara la participación argentina en la Operación Alfil de 1991 con lo que sería hoy: «Una fuerza naval que escolte buques comerciales debería lidiar con enjambres de lanchas rápidas, reconocimiento persistente por UAV, ataques con USV, saturación misilística, amenazas submarinas de pequeña firma y un entorno electromagnético mucho más denso» . Ninguna de esas capacidades las tiene la Armada Argentina y no por los militares sino por la falta de inversión en defensa que, en este caso, termina siendo geopolíticamente positiva.
El contexto internacional tampoco ayuda. El gobierno podría pensar que, con tal de contar con el apoyo incondicional de Milei, Estados Unidos se encargaría de poner a punto los buques, de equiparlos con tecnología moderna, de entrenar a las tripulaciones. Pero esa fantasía choca contra tres datos duros. Primero, el tiempo: poner un buque en condiciones operativas para zona de guerra lleva meses de trabajos en dique seco y entrenamiento, y la guerra no va a esperar. Segundo, la transferencia de tecnología: incluso si EE.UU. quisiera equipar a los barcos argentinos con misiles modernos, el tiempo de integración de los sistemas sería de años. Tercero, y más importante, la propia capacidad estadounidense está al límite.
El portaaviones USS Gerald R. Ford, buque insignia de la flota, sufrió un incendio a bordo y tuvo que ser trasladado a Grecia para mantenimiento . La administración Trump evalúa enviar miles de tropas terrestres a Irán para asegurar el estrecho de Ormuz, tomar la isla de Kharg (donde se exporta el 90% del petróleo iraní) y neutralizar reservas de uranio . En ese escenario de máxima exigencia, pretender que además se ocupen de reacondicionar la vetusta flota argentina es un delirio. Los soldados que morirían no serían norteamericanos, pero la logística para que peleen tendría que ser norteamericana. Y no hay.
Mientras tanto, los aliados naturales de EE.UU. se están bajando del barco. Alemania fue la primera en decir «esta no es nuestra guerra, nosotros no la hemos comenzado» . El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, preguntó con sorna: «¿Qué espera Trump de un puñado de fragatas europeas que la poderosa armada estadounidense no pueda lograr?» . El Reino Unido, a pesar de las presiones, ya adelantó que no mandará buques al Golfo, y hasta el primer ministro Keir Starmer condicionó cualquier participación a «un plan bien elaborado» que no existe . Francia condicionó, Italia se desmarcó.
En ese páramo de silencios y rechazos, la oferta argentina suena más a un intento desesperado de ganarse un lugar en la foto que a una estrategia militar seria. Los países del Golfo que tienen bases o colaboran con EE.UU. (Qatar, Emiratos, Arabia Saudita, Bahréin) están recibiendo misiles iraníes a diario. El 19 de marzo, Irán atacó la planta de gas licuado de Ras Laffan en Qatar, la más grande del mundo, como represalia a un ataque norteamericano a una de sus refinerías. Difícil que quieran sumarse a una escalada que los tiene en la mira.
Entonces, si no hay capacidad militar, si no hay apoyo del Congreso, si los aliados se niegan, si la logística es imposible, ¿por qué el gobierno instala este tema? La respuesta está en la «fuente violeta» que filtró a Johnatan Heguier la estrategia de la mesa política: «Necesitamos que se hable de otra cosa«.
El escándalo $LIBRA no para de crecer, la oposición pide que Milei y Karina vayan al Congreso, los documentos de Novelli muestran los pagos pactados y todo tipo de chanchuyos, que salen a la luz todos los días mostrando la putrefacción moral de los que hablan de moral. En ese contexto, instalar la hipótesis de una participación argentina en la guerra cumple la misma función que mandar leyes al Congreso para que se debata cualquier cosa menos la estafa. Es humo. Humo que, además, alimenta la «iranofobia» que Teherán ya denunció en un editorial del Tehran Times, donde acusaron a Milei de cruzar «una línea roja imperdonable» y advirtieron que diseñarán «una respuesta proporcionada» .
El término «respuesta proporcionada» en el lenguaje de la geopolítica es un misil con la mecha encendida. Si el gobierno sigue jugando a esta ruleta, puede que el humo se convierta en fuego. Y cuando el fuego llegue, los buques seguirán obsoletos, los marinos seguirán sin municiones, y los argentinos tendremos que preguntarnos cómo es que un gobierno que prometió «menos Estado» terminó ofreciendo la sangre de sus soldados para tapar una estafa cripto.

