El anuncio lo hizo el presidente norteamericano en mayúsculas, como le gusta: pausa de cinco días en los ataques a la infraestructura eléctrica iraní, “conversaciones muy buenas y productivas”, la guerra que él mismo inició “puede terminar pronto”. La respuesta de Teherán llegó antes de que se secara la tinta digital. Un funcionario iraní le clavó el dardo con una humillación quirúrgica: “después de escuchar que nuestros objetivos incluirían todas las centrales eléctricas de Asia Occidental, él (por Trump) retrocedió”.
La frase, que circuló por medios afines al régimen, resume en una línea lo que el canciller de Omán, Badr bin Hamad Al Busaidi, diagnosticó con una fórmula que debería grabarse en mármol en cada ministerio de Relaciones Exteriores del mundo: “Estados Unidos perdió el control de su política exterior”. Porque lo que estamos viendo no es el final de una guerra que Trump prometió en campaña que no iba a empezar. Es la imagen de un presidente que fue arrastrado al barro por Netanyahu, que ahora quiere sacar los pies pero Irán le sostiene la cabeza bajo el agua.
Para entender cómo se llegó hasta acá hay que retroceder a los nueve meses previos al bombardeo del 28 de febrero. Según reveló el propio Al Busaidi (canciller de Omán, un país que es el histórico mediador entre Washington y Teherán, y que participó en las negociaciones hasta tres días antes del ataque), EE.UU. e Irán estuvieron “dos veces cerca de un acuerdo nuclear”. Las conversaciones indirectas en Mascate, histórica capital omaní, y Ginebra habían avanzado más de lo que se supo en público: Irán aceptaba condiciones que iban más allá del acuerdo de 2015, incluyendo cero acumulación de material enriquecido y conversión inmediata a combustible. El 27 de febrero, el propio Al Busaidi declaró a CBS que “la paz está al alcance”. Poco después, Trump ordenó los bombardeos. El canciller omaní lo definió como un “shock” y una decisión que ignoró las concesiones iraníes para forzar un cambio de régimen que sólo beneficia a un actor en la región: Israel.
El testimonio más explosivo sobre cómo se tomó esa decisión no viene de un analista académico ni de un activista pacifista. Viene de Joseph Kent, el hombre que hasta el 17 de marzo dirigía el Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, un veterano de 11 despliegues en combate como Boina Verde, ex CIA, nombrado por Trump y confirmado por el Senado. Kent renunció con una carta que debería circular como documento de época en todas las facultades de ciencia política: “No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso en Irán. Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense” . Kent detalló el mecanismo: “altos cargos israelíes y miembros influyentes de los medios de comunicación estadounidenses pusieron en marcha una campaña de desinformación que socavó por completo la plataforma ‘América Primero’ y sembró sentimientos belicistas […] Esa cámara de eco se utilizó para engañarle y hacerle creer que Irán representaba una amenaza inminente para Estados Unidos y que si atacaba ahora, el camino hacia una victoria rápida estaba despejado” . La conclusión de Kent es un puñal: “Esto fue una mentira, y es la misma táctica que utilizaron los israelíes para arrastrarnos a la desastrosa guerra de Irak”.
¿Cuánto le costó a Estados Unidos la primera semana de esta guerra que no debía ser? Más de 11.300 millones de dólares solo en armamento y operaciones militares en los primeros seis días. El barril de petróleo saltó de 65 a más de 100 dólares. La nafta en EE.UU. tocó los 4 dólares por galón, y el Estrecho de Hormuz (por donde pasa el 20% del crudo mundial) sigue bajo amenaza iraní. En año de elecciones de medio término, esos números no son solo cifras en un informe del Pentágono: son el pánico en la Casa Blanca. Por eso Trump anunció la pausa de cinco días. Por eso dijo que hubo “conversaciones muy buenas y productivas”. Pero Irán le respondió con una condición que ningún presidente estadounidense puede digerir sin tragarse el orgullo: las negociaciones no comenzarán hasta que haya “garantías internacionales firmes contra futuras agresiones” y reparaciones por los daños. Es decir, Irán no negocia un alto el fuego sin asegurarse de que Israel no va a volver a atacar cuando se le antoje.
El portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní ya había fijado posición el 10 de marzo con una frase que hoy se lee como profecía autocumplida: “Esta guerra termina cuando Irán decida. Somos nosotros quienes determinaremos el fin de esta guerra. Las ecuaciones y el estatus futuro de la región están ahora en manos de nuestras fuerzas armadas; las fuerzas estadounidenses no terminarán la guerra”. Trump quiere salir. Israel necesita que EE.UU. siga adentro. Y la Guardia Revolucionaria le dijo al mundo que la salida no la negocia el que apretó el gatillo, sino el que aguantó el bombardeo. En ese triángulo de hierro, el presidente que prometió “no más guerras sin fin” descubrió que prometer no es lo mismo que gobernar y que cuando dejaste que otro te arrastrara al barro, no sos vos quien decide cuándo salís.
Porque el problema de fondo es que Netanyahu apeló a la carta de la “amenaza existencial” y esa es una categoría que no tiene techo. Una vez que un gobierno acepta que su aliado define lo que es una amenaza existencial, el criterio para dar por terminada la guerra queda en manos de ese aliado. ¿Cuándo se habrá eliminado la amenaza existencial de Irán? ¿Cuando caiga el régimen? ¿Cuando se destruya toda su infraestructura nuclear? ¿Cuando se desmantelen las milicias aliadas en Irak, Siria, Líbano y Yemen? La respuesta de Israel es un silencio ensordecedor. Por eso el canciller de Omán advirtió: “El liderazgo israelí parece haber convencido a Estados Unidos de que Irán se había debilitado tanto […] que una rendición incondicional seguiría rápidamente al ataque inicial”. Pero Irán no se rindió. Y ahora la guerra entró en una fase donde el presidente estadounidense ruega una pausa de cinco días mientras los iraníes le explican que la pausa no depende de él.
El gran hegemón de nuestros tiempos en manos de un operador inmobiliario con el ego inflamado termina reducido a ser el matón del pequeño Israel, aunque se pegue un tiro en los pies.

