El gobierno de Javier Milei tiene una obsesión que roza lo patológico: demostrar que la pobreza bajó más que en cualquier gestión anterior. El 31 de marzo, el INDEC le dio el argumento perfecto: la pobreza en el segundo semestre de 2025 fue del 28,2%, el nivel más bajo desde 2018, cuando Macri nos mandó al FMI. La noticia voló por los medios oficialistas y el Presidente la celebró en redes sociales como si hubiera ganado otro balotage. Pero el diablo, como siempre, está en los detalles metodológicos. Porque si se mira con atención, el número no refleja una mejora real en la vida de los argentinos, sino el resultado de un cambio en la regla de juego: desde finales de 2024, el INDEC comenzó a incluir en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) ingresos no laborales como la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la Tarjeta Alimentar, algo que no se hacía antes. Ese simple ajuste metodológico es el que explica buena parte de la baja. No un supuesto milagro económico. Y mientras los voceros oficiales hablan de «eficiencia» y «austeridad», los datos de la economía real (empleo, consumo, desigualdad) siguen mostrando una película muy diferente.
Para entender la magnitud de la trampa, hay que dimensionar que Milei miente sobre el punto de partida. El Presidente suele decir que «heredó una pobreza del 52,9%» pero eso es falso. El dato del 52,9% corresponde al primer semestre de 2024, ya con Milei en el poder. Lo que realmente heredó de Alberto Fernández fue una pobreza del 41,7% en el segundo semestre de 2023. El 52,9% fue el pico que él mismo generó con su megadevaluación del 54% y la liberación de precios que disparó la inflación al 25,5% mensual en diciembre de 2023. Ese pico récord (el más alto en 20 años, que dejó a más de la mitad de los argentinos bajo la línea de pobreza) es enteramente responsabilidad de su gestión. Cuando Milei dice que «bajó la pobreza desde el 52,9%», lo que hace es comparar el desastre que él mismo provocó con un número posterior, maquillado por cambios metodológicos que hicieron que la foto mejorara en los papeles sin que los bolsillos se enteraran. Es como romper un plato y después festejar que lo pegaste con plasticola.
El truco central del INDEC fue silencioso pero letal para la comparabilidad histórica. Según explicó el economista Matías Battista, en la segunda mitad de 2024 el organismo modificó la forma de relevar los ingresos, incorporando con mayor precisión ingresos no salariales como la AUH, la Tarjeta Alimentar y otros programas sociales. Esto hizo que los ingresos medidos fueran mayores, pero cortó la comparabilidad con los períodos anteriores. Battista lo graficó con una frase del repertorio popular: «Es como comparar peras con manzanas». Si el INDEC hubiera aplicado esta misma metodología durante el gobierno de Alberto Fernández, la pobreza de ese entonces también habría sido más baja de lo que se publicó. Milei, entonces, no está midiendo mejor: está midiendo distinto, y eso es una trampa de manual. La propia UCA advirtió que los datos oficiales «sobrerrepresentan la magnitud del alivio social» y recomendó al INDEC transparentar el efecto de estos cambios metodológicos sobre las series históricas.
La pregunta del millón es: ¿cuánto de esa caída es real y cuánto es un espejismo estadístico? La UCA fue clara al señalar que una parte significativa del descenso «responde más a factores estadísticos que a un crecimiento real del ingreso». Más contundente aún fue el informe del CEDLAS (Universidad Nacional de La Plata), que identificó tres distorsiones clave en la medición oficial. La más relevante es la mejora en la captación de ingresos no laborales, que explica por sí sola una porción importante de la baja. Al corregir estas distorsiones, el CEDLAS concluyó que la caída real de la pobreza entre el segundo semestre de 2023 y el primero de 2025 no fue de 10 puntos porcentuales, sino de apenas 2 puntos, ubicándose en torno al 41,5%. Eso significa que, en términos reales, Milei apenas logró lo mismo que Alberto Fernández en materia de pobreza, pero con una diferencia clave: durante su gestión se perdieron 290.000 puestos de trabajo registrados, cerraron 22.000 empresas, el salario real cayó y el consumo de carne de vaca, yerba y leche se derrumbó, según datos de la Secretaría de Agricultura. El milagro económico que pregona el gobierno es, en realidad, un truco de prestidigitación estadística.
Mientras la pobreza «bajaba» en los papeles, la desigualdad se mantuvo casi congelada. El coeficiente de Gini, que mide la brecha entre ricos y pobres, pasó de 0,434 en el tercer trimestre albertista de 2023 a 0,431 en el tercer trimestre de mileísta de 2025, una diferencia ínfima que indica que la distribución del ingreso no mejoró sustancialmente. La explicación es simple: los ingresos no laborales (AUH y Tarjeta Alimentar) son un pequeño empujón que ayuda a cruzar la línea de pobreza, pero no modifican la estructura de fondo de la desigualdad. Como señaló Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, «hay una paradoja entre la estadística de la pobreza y la capacidad de consumo». Esa paradoja se llama manipulación metodológica.
El gobierno de Milei no puede festejar una baja de la pobreza que no es tal, construida sobre una canasta básica que sigue anclada en los patrones de consumo de 2004/2005. El INDEC utiliza una estructura de gasto que ignora el peso actual de servicios como internet, telefonía móvil o las tarifas de luz, que hoy representan una porción mucho mayor del presupuesto familiar que hace dos décadas. Si se actualizara la canasta con datos más recientes (ENGHo 2017/18), el umbral de pobreza sería entre un 42% y un 55% más caro, y la pobreza sería sistemáticamente más alta, con diferencias superiores a 5 puntos porcentuales. Milei no redujo la pobreza: redujo la vara con la que se mide.

